lunes, 3 de abril de 2017

Talleres de escritura

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Consejos para escribir, de Borges


En este blog puedes leer muchos de los consejos que otros escritores, han proporcionado a los escritores que empiezan. Los consejos para escribir que enumeramos en esta entrada, del escritor argentino, no es que no posea ningún fundamento, sino que Borges, haciendo gala de su humor sarcástico lleva al extremo algunos de ellos.

Son dieciséis los consejos para escribir literatura, dieciséis ideas o conceptos que, según Borges, todo escritor debe evitar.

En literatura es preciso evitar:

1. Las interpretaciones demasiado inconformistas de obras o de personajes famosos. Por ejemplo, describir la misoginia de Don Juan, etc.

2. Las parejas de personajes groseramente disímiles o contradictorios, como por ejemplo Don Quijote y Sancho Panza, Sherlock Holmes y Watson.

3. La costumbre de caracterizar a los personajes por sus manías, como hace, por ejemplo, Dickens.

4. En el desarrollo de la trama, el recurso a juegos extravagantes con el tiempo o con el espacio, como hacen Faulkner, Borges y Bioy Casares.

5. En las poesías, situaciones o personajes con los que pueda identificarse el lector.

6. Los personajes susceptibles de convertirse en mitos.

7. Las frases, las escenas intencionadamente ligadas a determinado lugar o a determinada época; o sea, el ambiente local.

8. La enumeración caótica.

9. Las metáforas en general, y en particular las metáforas visuales. Más concretamente aún, las metáforas agrícolas, navales o bancarias. Ejemplo absolutamente desaconsejable: Proust.

10. El antropomorfismo.

11. La confección de novelas cuya trama argumental recuerde la de otro libro. Por ejemplo, el Ulysses de Joyce y la Odisea de Homero.

12. Escribir libros que parezcan menús, álbumes, itinerarios o conciertos.

13. Todo aquello que pueda ser ilustrado. Todo lo que pueda sugerir la idea de ser convertido en una película.

14. En los ensayos críticos, toda referencia histórica o biográfica. Evitar siempre las alusiones a la personalidad o a la vida privada de los autores estudiados. Sobre todo, evitar el psicoanálisis.

15. Las escenas domésticas en las novelas policíacas; las escenas dramáticas en los diálogos filosóficos. Y, en fin:


16. Evitar la vanidad, la modestia, la pederastia, la ausencia de pederastia, el suicidio.

12 consejos de Ray Bradbury para jóvenes escritores

A la lista de autores que dejaron sus consejos para los escritores principiantes, tenemos que añadir a Ray Bradbury. El escritor estadounidense, autor de Crónicas Marcianas, ofreció una charla en la Point Loma Nazarene University de California, en la que narraba sus experiencias como escritor, y relataba los hábitos y prácticas que, de alguna manera, le ayudaron en su aprendizaje de la escritura creativa hasta convertirse en uno de los escritores más destacables de la ciencia ficción. De esta charla, se han extraído numerosos consejos, tanto en blog como revistas literarias.

Como en otras entradas de “Consejos para escritores” de nuestro blog literario, no se trata de seguirlas al pie de la letra, sino de probarlas, de ver si a ti alguna te funciona a ti para después incorporarlas como parte de tu ritual de escritura.

Estos consejos nos pueden servir tanto para avanzar en el proceso de aprendizaje de la escritura de cuentos y novelas, como en la búsqueda de ideas nuevas y de formas de romper el bloqueo.
1. Escribe al menos una historia corta a la semana
Bradbury aconseja no empezar escribiendo novelas. Lleva mucho tiempo escribirlas, decía. Es mejor empezar con relatos. Opina también que es imposible escribir cincuentas y dos historias mal seguidas. Por eso, si mantienes la constancia en la escritura y escribes todos los días al menos un relato corto, finalmente lograrás escribir una gran historia.
2. Puedes amarlos, pero no puedes ser ellos.
Debes tener esto en mente cuando intentas, consciente o insconscientemente imitar a tus escritores favoritos, como él imitó a H.G. Wells, Jules Verne, Arthur Conan Doyle y L. Frank Baum.
3. Examina la “calidad” de los cuentos que leas.

Él sugiere leer relatos Roald Dahl, Guy de Maupassant y de autores menos conocidos Nigel Kneale y John Collier. “Nada en el New Yorker de hoy me llena”, decía, pues encontraba que esas historias “no contenían una metáfora”.
4. Programa de lectura durante 1000 días
Bradbury propuso un programa de lectura intensiva, sugería antes de acostarse, que consistía en leer una historia corta, un poema y un ensayo de diversos campos cada día, durante unos mil días, unos tres meses y medio.
Propone como lecturas de ensayos los de Aldus Huxley, Shaw y Lauren Eisley. Los ensayos pueden ser de una diversidad de campos, incluyendo arqueología, zoología, biología, filosofía, política y literatura. Además, sugiere poemas de Pope, Shakespere y Frost.
Los relatos cortos mejor si son de escritores como John Collier, Edith Warton, Washington Irving, Edgar Allen Poe, Nathaniel Hawthorne, Richard Mattheson y John Chever, entre otros. Bradbury decía que al final de los 1000 días tu mente estará llena de metáforas que serán fuentes para tu escritura.
5. Deshazte de los amigos que no creen en ti.
No necesitas tener negatividad a tu alrededor. Vas a tener éxito, así que, por qué tener gente a tu alrededor que te diga lo contrario. No hay espacio para los enemigos.

6. No vivas en la biblioteca.

No vivas en tu “maldito ordenador”. Bradbury no fue a la universidad, pero sus insaciables hábitos de lectura le permitieron “graduarse en la biblioteca”.
7. Mira viejas películas.
Enamórate de las películas en blanco y negro.
8. Escribe con alegría.
Escribir no es un asunto serio, dice Bradbury. Si una historia comienzas a sentirla como un trabajo, deséchala y comienza una nueva. Quiero que envidien mi alegría, decía.
9. No escribas por dinero.
No escribas lo que creas que se va a vender. Escribe lo que desees escribir. Bradbury decía que la solución al bloqueo del escritor es escribir sobre lo que quieres escribir, no tratar de hacer una declaración o tratar de escribir algo que es profundo. Escribe lo que te gustaría leer y sé fiel a tus propios miedos, esperanzas y deseos.
10. Haz unas listas de 10
Haz una lista de 10 cosas que te gusta y escribe sobre ello. 
Haz  una lista de 10 personas que amas y escribe sobre ellos.
Haz una lista de 10 cosas que odias y escribe sobre ello. 
Haga una lista de 10 personas que odias y escribe sobre ellos. Bradbury sugiere que matan.
Haz una lista de 10 cosas que esperas.
Haz una lista de diez cosas que temes y escribe sobre ello.
11. Escribir todo lo que venga a su mente.
Escribe hasta que la página comience a tomar carácter y asumen entonces el control. Cuando comenzaba a escribir, Bradbury no se preguntaba qué es lo que iba hacer. Se sentaba simplemente a escribir y se dejaba llevar. Se trata de escribir sobre quién eres. Escribe cualquier cosa antigua que surja en tu mente. Bradbury recomienda la “asociación de palabras” para romper cualquier bloqueo creativo, pues “no sabes lo que hay en ti hasta que lo pruebas”.

12. Qué buscas con la escritura.
Recuerda, cuando escribes, lo que estás buscando es que una sola persona llegue y te diga: “Te amo por lo que haces”. O, en su defecto, buscas a alguien que llegue y diga: “No estás tan loco como la gente dice”.
Para resumir, Bradbury sugiere escribir sobre lo que uno quiere, leer gran cantidad de buena literatura y buscar tus momentos de felicidad en la escritura.

Fuente: 12 pieces of writing of advice to young authors





Cómo escribir, por Umberto Eco


A la hora de escribir, y de encontrar un método y unas fuentes inspiración, no hay leyes, no hay recetas, no hay trucos que funcionan a todos los escritores por igual. Cada escritor debe buscar sus propias reglas, las que le funcionan a él y con las que uno se siente a gusto. Pero para encontrarlas solo hay manera y esa es escribiendo. Escribiendo y equivocándose, escribiendo e investigando, escribiendo y analizando nuestra escritura. En “Cómo escribir”, una conferencia incluida en su libro Confesiones de un joven novelista, Umberto Eco nos habla de proceso de escritura de sus novelas, que no siempre es el mismo, porque en realidad, como él mismo dice, “lo importante es empezar”.

  Cuando los entrevistadores me preguntan: «¿Cómo ha escrito usted sus novelas?», suelo cortar en seco esta línea de interrogatorio respondiendo: «De izquierda a derecha». Creo que no es una respuesta satisfactoria, y que puede provocar cierto estupor en los países árabes y en Israel. Ahora tengo tiempo para dar una respuesta más detallada.

  En el transcurso de la escritura de mi primera novela, aprendí varias cosas. En primer lugar, que «inspiración» es una mala palabra que los autores tramposos utilizan para parecer intelectualmente respetables. Como dice el viejo refrán, el genio es en un diez por ciento inspiración y en un noventa por ciento transpiración. Dicen que el poeta francés Lamartine describía a menudo las circunstancias en las que escribió uno de sus mejores poemas: aseguró que le había llegado completamente compuesto en una súbita iluminación, una noche que paseaba por el bosque. Después de su muerte, encontraron en su estudio un impresionante número de versiones de ese poema, que había estado escribiendo y reescribiendo a lo largo de los años.

  Los primeros críticos que reseñaron El nombre de la rosa dijeron que el libro había sido escrito bajo el influjo de una inspiración luminosa, algo que, dadas sus dificultades conceptuales y lingüísticas, sucedía solo a unos pocos afortunados. Cuando el libro alcanzó un éxito notable, vendiéndose millones de copias, los mismos críticos escribieron que no cabía duda de que yo, para confeccionar un éxito de ventas tan popular y entretenido, había seguido al pie de la letra una receta secreta. Más tarde, dijeron que la clave del éxito del libro era un programa informático, olvidando que los primeros ordenadores personales con programas aptos para redactar textos no aparecieron hasta principios de los años ochenta, cuando mi novela ya estaba en la imprenta. En 1978-1979, lo único que se podía encontrar, incluso en Estados Unidos, eran esos pequeños ordenadores baratos fabricados por Tandy, que nadie hubiera usado jamás para escribir más que una carta.

  Algún tiempo después, algo alterado por semejantes acusaciones informáticas, formulé la auténtica receta para escribir un éxito de ventas por ordenador:

  En primer lugar, obviamente, necesita usted un ordenador, que es una máquina inteligente que piensa por usted. Eso sería una gran ventaja para mucha gente. Todo lo que necesita es un programa de unas pocas líneas; hasta un niño podría hacerlo. Luego hay que meter en el ordenador el contenido de unas cien novelas, obras científicas, la Biblia, el Corán, y un puñado de listines telefónicos (muy útiles para encontrar nombres de personajes). Digamos, unas 120.000 páginas. Después de eso, usando otro programa, hay que aleatorizarlo todo; en otras palabras, mezclar todos esos textos, ajustados un poco —por ejemplo, eliminando todas las es— para conseguir no solo una novela, sino ya una especie de lipograma de Perec. En ese momento, pulse «imprimir» y, puesto que usted ha eliminado todas las es, salen algo menos de 120.000 páginas. Tras leerlas cuidadosamente varias veces, subrayando los pasajes más significativos, llévelas a una incineradora. Entonces, simplemente siéntese bajo un árbol con una hoja de papel carbón y otra de buen papel de dibujar y, dejando fluir sus pensamientos, escriba dos líneas. Por ejemplo: «La luna está alta en el cielo / El bosque cruje». A lo mejor lo que sale al principio no es una novela, sino más bien un haiku japonés. Pero lo importante es empezar.


  Hablando de inspiración lenta, El nombre de la rosa la escribí en solo dos años, por la sencilla razón de que no tuve que investigar nada sobre la Edad Media. Como he dicho, mi tesis doctoral versaba sobre estética medieval, y después de presentarla seguí estudiando la Edad Media. Con el paso de los años, visité un montón de abadías románicas, catedrales góticas, etcétera. Cuando decidí escribir la novela, fue como abrir un gran armario donde había estado amontonando mis archivos medievales durante décadas. Todo ese material estaba a mis pies, y yo no tenía más que seleccionar lo que necesitaba. Para las novelas siguientes, la situación era otra (aunque si elegía un tema determinado, era porque ya estaba algo familiarizado con él). Por este motivo, mis novelas posteriores me llevaron mucho tiempo: ocho años El péndulo de Foucault, y seis La isla del día de antes y Baudolino. Dediqué solo cuatro a La misteriosa llama de la reina Loana, porque trata de mis lecturas como niño en los años treinta y cuarenta, y pude utilizar un montón de material viejo que tenía en casa, como tiras de cómic, grabaciones, revistas y diarios. En pocas palabras: mi colección entera de mementos, nostalgias y trivialidades.