A la hora de escribir, y de encontrar un
método y unas fuentes inspiración, no hay leyes, no hay recetas, no hay trucos
que funcionan a todos los escritores por igual. Cada escritor debe buscar sus
propias reglas, las que le funcionan a él y con las que uno se siente a gusto.
Pero para encontrarlas solo hay manera y esa es escribiendo. Escribiendo y
equivocándose, escribiendo e investigando, escribiendo y analizando nuestra
escritura. En “Cómo escribir”, una conferencia incluida en su libro Confesiones de un joven novelista, Umberto
Eco nos habla de proceso de escritura de sus novelas, que no siempre es el mismo,
porque en realidad, como él mismo dice, “lo importante es empezar”.
Cuando los entrevistadores me preguntan: «¿Cómo ha escrito usted sus
novelas?», suelo cortar en seco esta línea de interrogatorio respondiendo: «De
izquierda a derecha». Creo que no es una respuesta satisfactoria, y que puede
provocar cierto estupor en los países árabes y en Israel. Ahora tengo tiempo
para dar una respuesta más detallada.
En
el transcurso de la escritura de mi primera novela, aprendí varias cosas. En
primer lugar, que «inspiración» es una mala palabra que los autores tramposos
utilizan para parecer intelectualmente respetables. Como dice el viejo refrán,
el genio es en un diez por ciento inspiración y en un noventa por ciento
transpiración. Dicen que el poeta francés Lamartine describía a menudo las
circunstancias en las que escribió uno de sus mejores poemas: aseguró que le
había llegado completamente compuesto en una súbita iluminación, una noche que
paseaba por el bosque. Después de su muerte, encontraron en su estudio un
impresionante número de versiones de ese poema, que había estado escribiendo y
reescribiendo a lo largo de los años.
Los
primeros críticos que reseñaron El nombre
de la rosa dijeron que el libro había sido escrito bajo el influjo de una
inspiración luminosa, algo que, dadas sus dificultades conceptuales y
lingüísticas, sucedía solo a unos pocos afortunados. Cuando el libro alcanzó un
éxito notable, vendiéndose millones de copias, los mismos críticos escribieron
que no cabía duda de que yo, para confeccionar un éxito de ventas tan popular y
entretenido, había seguido al pie de la letra una receta secreta. Más tarde,
dijeron que la clave del éxito del libro era un programa informático, olvidando
que los primeros ordenadores personales con programas aptos para redactar
textos no aparecieron hasta principios de los años ochenta, cuando mi novela ya
estaba en la imprenta. En 1978-1979, lo único que se podía encontrar, incluso
en Estados Unidos, eran esos pequeños ordenadores baratos fabricados por Tandy,
que nadie hubiera usado jamás para escribir más que una carta.
Algún tiempo después, algo alterado por semejantes acusaciones
informáticas, formulé la auténtica receta para escribir un éxito de ventas por
ordenador:
En
primer lugar, obviamente, necesita usted un ordenador, que es una máquina
inteligente que piensa por usted. Eso sería una gran ventaja para mucha gente.
Todo lo que necesita es un programa de unas pocas líneas; hasta un niño podría
hacerlo. Luego hay que meter en el ordenador el contenido de unas cien novelas,
obras científicas, la Biblia, el Corán, y un puñado de listines telefónicos
(muy útiles para encontrar nombres de personajes). Digamos, unas 120.000
páginas. Después de eso, usando otro programa, hay que aleatorizarlo todo; en
otras palabras, mezclar todos esos textos, ajustados un poco —por ejemplo,
eliminando todas las es— para conseguir no solo una novela, sino ya una especie
de lipograma de Perec. En ese momento, pulse «imprimir» y, puesto que usted ha
eliminado todas las es, salen algo menos de 120.000 páginas. Tras leerlas
cuidadosamente varias veces, subrayando los pasajes más significativos,
llévelas a una incineradora. Entonces, simplemente siéntese bajo un árbol con
una hoja de papel carbón y otra de buen papel de dibujar y, dejando fluir sus
pensamientos, escriba dos líneas. Por ejemplo: «La luna está alta en el cielo /
El bosque cruje». A lo mejor lo que sale al principio no es una novela, sino
más bien un haiku japonés. Pero lo importante es empezar.
Hablando de inspiración lenta, El
nombre de la rosa la escribí en solo dos años, por la sencilla razón de que
no tuve que investigar nada sobre la Edad Media. Como he dicho, mi tesis
doctoral versaba sobre estética medieval, y después de presentarla seguí
estudiando la Edad Media. Con el paso de los años, visité un montón de abadías
románicas, catedrales góticas, etcétera. Cuando decidí escribir la novela, fue
como abrir un gran armario donde había estado amontonando mis archivos
medievales durante décadas. Todo ese material estaba a mis pies, y yo no tenía
más que seleccionar lo que necesitaba. Para las novelas siguientes, la
situación era otra (aunque si elegía un tema determinado, era porque ya estaba
algo familiarizado con él). Por este motivo, mis novelas posteriores me
llevaron mucho tiempo: ocho años El
péndulo de Foucault, y seis La isla
del día de antes y Baudolino.
Dediqué solo cuatro a La misteriosa llama
de la reina Loana, porque trata de mis lecturas como niño en los años
treinta y cuarenta, y pude utilizar un montón de material viejo que tenía en
casa, como tiras de cómic, grabaciones, revistas y diarios. En pocas palabras:
mi colección entera de mementos, nostalgias y trivialidades.
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